El estrecho camino entre Bruselas y Samarcanda

por: Fabrizio Casari

Se ve difícil el camino de la UE hacia un tope de precios para los hidrocarburos rusos. Una lectura unificada para 27 países, con 27 realidades energéticas diferentes, únicamente sobre la base de una moción política, parece poco creíble. La propuesta italiana de ampliar el límite de precios a todos los proveedores, independientemente de su nacionalidad, es seguida por otros cuatro países, mientras que tres creen que sólo debería aplicarse al gas ruso (pero esto sería una nueva sanción a Rusia, no una política de ahorro energético). Al no existir la unanimidad necesaria, se pospone a la reunión de mediados de octubre. Si se suponía que era una demostración de decisión y unidad, por ahora es un signo de debilidad y fragmentación.

El tope de precios no tiene en cuenta que sobre los recursos estratégicos ningún bloque puede determinar las reglas para todo el mundo. Es probable que la dependencia de la UE de EE.UU. le haga creer que puede imponer decisiones, fijar precios, decidir rutas y sancionar la desobediencia; la realidad, en cambio, ve a una Europa que carece de prestigio internacional, de peso en el mercado y de impacto en los Estados no pertenecientes a la UE.

Como era de esperar, la primera respuesta vino de Opec+Rusia, que considera que la decisión del G7 sobre el precio de los hidrocarburos es una invasión de campo, un intento de mover políticamente a los países productores en su beneficio. Por ello, ha decidido recortar la producción de 100.000 barriles diarios para mantener el precio: lo contrario de lo que quería Biden que, hace menos de un mes en Ryad, había pedido a Arabia Saudí que aumentará la producción para reducir la influencia del petróleo ruso en el mercado mundial.

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La respuesta de Rusia fue anunciada por Putin en la cumbre de Vladivostok: «Pice cap sería una decisión absolutamente estúpida. No suministraremos nada si va en contra de nuestros intereses», dijo Putin, «ni gas, ni petróleo, ni carbón, ni fuel, nada».

Europa dice estar convencida de acorralar a Moscú, pero la diversificación de las ventas de hidrocarburos rusos – que se traduce en la esterilización parcial de las sanciones – es ya un hecho. Bruselas, en cambio, olvida que parte de su crecimiento económico se debió a la ausencia de inversiones que no fueran en renovables, porque compraba gas a precios inferiores al valor de mercado y en una cantidad más que suficiente para su subsistencia y sus planes de desarrollo industrial.

Cuando Rusia corte el suministro, la UE se verá obligada a recurrir al gas licuado de EE.UU., con un coste un 55% superior y en volúmenes limitados. La parte que puede comprarse en el mercado internacional a otros proveedores costará un 25% más que la de Rusia y, en conjunto, seguirá sin cubrir lo necesario.

El dominó europeo vee a Noruega, el principal productor europeo, que tiene contratos vinculantes con Alemania, que a su vez tendrá que dirigir sus esfuerzos hacia el este y no podrá favorecer a otros socios europeos. Francia dice estar dispuesta a apoyar la demanda alemana, pero aún así no será suficiente para la economía alemana. Así comenzará un proceso de canibalización interna de la UE que verá a Italia y Grecia de rodillas y a España y Portugal en serios problemas.

¿Crisis alimentaria? ¿De quién?

Putin aprovechó la oportunidad para exponer otra narrativa falsificada sobre el conflicto en Ucrania («Rusia no empezó la guerra en Ucrania, sino que está tratando de terminar lo que empezó en 2014», dijo) y el dramático asunto de la crisis alimentaria. Según Putin, 345 millones de personas en el mundo sufren inseguridad alimentaria, 2,5 veces más que en 2019.

La crisis alimentaria estaba en el punto de mira general de la corriente atlantista desde hacía unas semanas, y la OTAN pedía que los barcos ucranianos que contenían grano fueran retirados de Odesa. Moscú, con la mediación de Ankara, permitió la salida de los barcos ucranianos, pero las cosas resultaron muy diferentes a lo anunciado.

La primera mentira es que el grano era ucraniano: son las grandes empresas alimentarias estadounidenses las que lo poseen. La segunda es el destino: falso que estuvieran destinados a países africanos, el grano fue a parar a Europa. Sólo dos de los 87 barcos estaban cargados de trigo. Sólo se exportaron 60.000 toneladas de alimentos de los 2 millones de toneladas de mercancías. Sólo el 3% del grano se envía a los países en desarrollo. Putin anunció que hablará con Erdogan para decidir las medidas necesarias, y el primer ministro turco recordó el papel de mediador asumido por Ankara, mientras «Occidente ha adoptado una política provocadora hacia Rusia».

La Cumbre de Samarcanda

Más esperada que la cumbre de ministros de Asuntos Exteriores europeos es la que se celebrará en Samarcanda los días 15 y 16 de septiembre. El mítico oasis de Tamerlán, parada clave en la antigua Ruta de la Seda, acogerá la cumbre de la OCS (Organización de Cooperación de Shanghai), que es un foro de diálogo entre ocho países: China, Rusia, India, Pakistán, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán. Fue aquí, en 2013, donde Xi Jinping habló por primera vez del «Yi dai yi lu» – un cinturón, una carretera – que luego se convertiría en la Iniciativa del Cinturón y la Ruta, la Nueva Via de la Seda.

La democratización de la economía internacional y la cooperación múltiple serán temas de la agenda de la reunión, en la que estarán presentes tanto Putin como Xi. Para el presidente chino, es la primera misión en el extranjero desde enero de 2020, cuando estalló la pandemia de Covid. Llegará tras dos paradas en Kazajistán y Uzbekistán y verá a Putin por primera vez desde el inicio del conflicto en Ucrania.

Algunos observadores internacionales atribuyen a esta reunión un valor de prueba de la solidez de las relaciones entre Moscú y Pekín, especulando con la posibilidad de que esta última albergue dudas sobre la idoneidad de la operación en Ucrania. Pero estas tesis parecen más bien esperanzas que análisis. Entre los temas de la reunión figurarán el nuevo marco global en Europa y Asia, que ha cambiado significativamente, la solidez del diálogo político y la profundización del acuerdo de cooperación militar, así como el estado de las relaciones entre ambos países.

Las provocaciones de Estados Unidos en Taiwán y la escalada militar de la OTAN en Ucrania refuerzan y amplían las áreas de cooperación política y militar entre Moscú y Pekín. La agresividad de Estados Unidos, que desde Europa del Este hasta Asia desata la desestabilización, las hostilidades económicas y financieras y las provocaciones militares, indica la preocupación de la Casa Blanca, que está dispuesta a un conflicto global para no renunciar a su dominio absoluto sobre el planeta y remodelar su gobernanza global con otras potencias mundiales y regionales.

En este sentido, es obvio que la cooperación militar entre Moscú y Pekín, fruto y no génesis del entendimiento político general sobre cuestiones globales, debe actualizarse, empezando por el multilateralismo y el fin de la era de dominación planetaria del globalismo occidental.

El aumento de los intercambios comerciales y financieros ha incrementado la interdependencia mutua entre los dos gigantes. El aumento de los suministros de hidrocarburos rusos a China y el anuncio del acuerdo entre Rusia y Mongolia para un nuevo gasoducto que abastecerá a Pekín, reconfortan a Xi, que desconfía de que la histeria estadounidense y el servilismo europeo hagan estragos en los delicados equilibrios militares, financieros y políticos mundiales.

Al fin y al cabo, China, con el 20% de la población mundial, sólo tiene el 7% de la tierra cultivable del planeta; necesita alimentos y nutrición para mantener su crecimiento, y las tensiones en el escenario internacional corren el riesgo de convertirse en un problema de seguridad nacional. Por eso está acaparando enormes cantidades de alimentos en los mercados mundiales; incluso ante las inundaciones y sequías que han afectado a algunas regiones de China, la determinación de hacer acopio ha aumentado. Según el Departamento de Agricultura de Estados Unidos, en 2023 habrá un 65% del maíz y un 53% del trigo mundial en los silos del gigante asiático. En este sentido, los hidrocarburos rusos, al igual que los cereales, tienen una importancia crucial para el gigante asiático.

La cumbre de la OCS será una oportunidad para la confrontación política en consonancia con un proyecto compartido de democratización de la economía mundial, que ya figura con fuerza en la agenda de los países BRICS (a los que Argentina solicitó su adhesión a Pekín la semana pasada). Pero el crecimiento de una idea de desarrollo sostenible para todos no puede eludir la cuestión de la reducción de la influencia nefasta y depredadora del orden único dirigido por Estados Unidos. En palabras de Putin, «el mundo no debe basarse en los dictados de un país, que se imagina ser el representante de Dios en la Tierra».